La Laguna Roja que decora el desierto Chileno

Una laguna roja como sangre se esconde en las alturas del interior de la Región de Tarapacá. Sin duda, una imagen sorprendente, que es tan sólo uno de varios desconocidos encantos que tiene Camiña, un lugar que -en la actualidad- está alejado de los mapas turísticos del norte del país.

A 195 KM al noreste de Iquique se ubica uno de los secretos mejor guardados del norte del país. Alejado de las playas, de los restaurantes con onda, de las tienditas de souvenires y de los cajeros automáticos, nos encontramos con Camiña, un villorrio enclavado en el que, posiblemente, sea el oasis visualmente más llamativo de todo el desierto de Atacama. Sólo basta divisarlo a lo lejos, mientras se avanza por el zigzagueante camino de tierra que lleva hasta el valle, para de inmediato darse cuenta de que este paisaje generado por las profundas quebradas rocosas y los verdes cultivos en forma de terraza es algo inusual y desconocido, pocas veces retratado en folletos e informativos turísticos.

Por eso mismo es que Camiña tal vez no sea el destino idóneo para todos. Ya lo dijimos: no existe en el lugar la infraestructura adecuada para recibir a muchos visitantes. De hecho, aquí hay sólo una residencial y dos restaurantes caseros, que abren en los horarios en que el dueño estima conveniente y sólo sirven el menú del día. Tampoco hay oficinas de información turística ni guías que lo lleven a los puntos más atractivos. El encanto de Camiña se adecua mejor a los viajeros que no están interesados en comodidades ni facilidades y que buscan explorar lugares realmente auténticos, a los que han llegado sólo unos pocos.

En busca de la laguna

El valle tiene una longitud de 50 km, y en él se esparcen una serie de pueblitos y caseríos que dan forma a la comuna de Camiña. La vida apacible de sus escasos 1.200 habitantes (cifra que disminuye año a año debido a la migración de los jóvenes a la ciudad) transcurre entre los trabajos en las huertas familiares de hortalizas, como zanahorias, maíz, ajos y cebollas, y las tardes en los banquitos de la plaza o en las terrazas de los caseríos. Recorrer el valle de punta a punta es una experiencia sumamente recomendable, sobre todo para los amantes de la fotografía, que encontrarán en cada rincón una imagen digna de postal: ya sea en las labores agrícolas en las pequeñas parcelas con forma de terraza, o en su pintoresco cementerio índígena, o en sus iglesias (las que abren sólo en ocasiones especiales y cuando viene un cura a Camiña) o simplemente en los impresionantes colores que generan los diferentes minerales en los cerros aledaños.

Sin embargo, para acceder a los atractivos más sorprendentes de la zona, se hace necesario salir de los límites de Camiña.

La Laguna Roja (o Laguna “Paricota” en aimara) es, probablemente, uno de los fenómenos naturales más asombrosos que tienen lugar en Chile, pero también uno de los más desconocidos. Se trata de una laguna ubicada a 3.500 m de altura que -tal como su nombre lo indica- tiene sus aguas teñidas de un intenso color rojo, como si se tratara de sangre. La laguna siempre ha sido un lugar reconocido para los indígenas de la zona, pero empezó a ser un punto de interés para los visitantes desde hace unos pocos años y hasta el día de hoy su acceso es sumamente difícil. Son 65 km que, desde Camiña, se recorren en unas tres horas, cruzando los poblados de Chapiquilta, Apamilca y Nama, en dirección hacia Colchane(info). Se debe pasar por caminos en mal estado y huellas difusas, en las que es fácil perder el rumbo, por lo que se recomienda conseguir algún guía en Camiña o tomar de los escasísimos tours que existen desde Iquique.

En “Amuyo” (caserío ahora abandonado), el recorrido debe continuar a pie y se hace necesario cruzar un riachuelo antes de toparse por la impactante imagen de la la laguna y su rojo intenso. En esta parte del trayecto tal vez se tope con don Mario Visa Challampa, único habitante de la zona, que llega aquí de vez en cuando con su ganado. El seguramente podrá contarle alguna de las tantas leyendas aimaras que se han tejido en torno a la laguna. Según nos comentó, le fue dado el carácter de “maldita” por sus antepasados, ya que muchos murieron al beber de sus aguas. Relata también que no tiene fondo y que, incluso, una vez se tragó a un cura que había llegado a bendecirla.

Lo cierto es que la peculiar coloración de la laguna da para muchas especulaciones. La razón más probable de su color es la sedimentación de minerales que emanan desde el fondo de la laguna (de la cual brota agua caliente), mezclado con algunos pigmentos de algas, tal como ocurre con la Laguna Colorada , ubicada en el altiplano de Bolivia.

Como únicos habitantes (y temporales) de la laguna, pueden observarse unos cuantos piuquenes (o guayatas), que son aves típicas de lagos y estanques, que rondan también las dos otras lagunas que tiene este sector. Una es completamente amarilla y la otra verde. Las tres están sólo a unos pasos de distancia, y poseen aguas termales que se encuentran entre unos 45° y 50°C.

Para los habitantes del vecino poblado de Lama, las lagunas se vislumbran como una importante fuente de ingresos a futuro. Están planificando habilitar una zona como mirador y, por supuesto, cobrar entrada. Por ahora, el lugar se mantiene absolutamente indómito y desconocido para la mayoría, incluso para gran parte de la población que habita Camiña.

Los habitantes del ayer

Chillaiza es uno de los tantos pequeños poblados que componen la comuna de Camiña. Además de contar con un llamativo cementerio, esta zona de quebradas ha servido como punto de paso de comunidades indígenas desde hace 10 mil años. De ese constante transitar de los aimaras por el altiplano a la costa han quedado como testimonio los petroglifos de Chillaiza, que consisten en diversas figuras talladas en la roca, las que sorprenden por su estado de conservación y complejidad. Diseños antropomórficos, zoomórficos, soles, paisajes -y otros que dan para teorías de ciencia ficción- ocupan las murallas de piedra, puidiendo encontrarse grabados con una altura de hasta unos 15 m, que vendrían a ser algo así como un mapa o “manual de supervivencia” de estos agrestes parajes, graficando los puntos de descanso, las zonas de agua, etc.

También son una suerte de relato autobiográfico de quienes los hicieron, ilustrando además su cosmovisión y cercanía con la divinidad. Lamentablemente, el lugar se encuentra algo abandonado por las autoridades y la comunidad local, pero, de todas formas, su valor arqueológico resulta incalculable. Los petroglifos son la voz palpable de los antepasados de Camiña, una de las pocas localidades donde la herencia dejada por los antiguos indígenas aún se niega a morir.

Cómo llegar…

Para llegar a Camiña desde Iquique (195 km de distancia) hay que tomar la Ruta 5 Norte hasta el km 1.845, donde se encuentra el cruce que lleva hasta el poblado a través de un camino sin pavimentar.

Quien le asiste…

Surire Tours. Ofrece un paquete de dos días partiendo desde Iquique, con alojamiento en Camiña. El valor es de $75.000 e incluye alimentación completa.

Comer en Camiña…

Almuerzos y cenas por $2.500 aprox. en los restaurantes de “El Willy” y “Suma Puriwa”, que se encuentran en las cuadras aledañas a la plaza de Camiña.

Fuente

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