Llegan a Chile obras de Arman, el acumulador y cortador de objetos.RM.

 

El 15 de marzo la galería Isabel Aninat inaugura una muestra del escultor francés, fallecido en 2005.

Una “d” faltante al final de su nombre en el catálogo de su segunda exposición encolerizó al joven artista Armand Fernandez. Era 1958 y el pintor francés no iba a aceptar que un error tipográfico echara abajo su incipiente carrera. La curadora de la muestra, Iris Clert, le dio un consejo: “Eres un desconocido, tienes sólo 10 amigos que saben tu nombre, el que, además, suena a ayudante de peluquería. Desde hoy tu nombre será Arman y punto”. Tuvo razón.

Dos años después, su nombre irrumpió en la escena parisina junto a Yves Klein, César, Tinguely, Raimond Hains y Christo, miembros del Nuevo Realismo, movimiento que reinvindicó al objeto cotidiano y criticó el consumo y la industrialización. Su muestra clave fue justamente la de 1958, donde Arman repletó la galería de Clert con desechos, despertando la inmediata curiosidad del mundo cultural.

“Tuve un poco de suerte. Un día vi que los cartones con los que trabajaba podían ser una obra de arte. Tomé un montón que tenía acumulado, los llevé a la galería y expuse el objeto mismo”, explicó a revista Qué Pasa en 2001, como antesala a su primera muestra en Chile, cuando ya era un artista consagrado, de 73 años.

Las gestiones para traer sus obras esa primera vez las hizo Isabel Aninat, quien personalmente lo visitó en su casa de Nueva York para convencerlo de mostrar unas 30 piezas en su galería. A seis años de aquella exposición, la obra de Arman aterriza otra vez en la galería Isabel Aninat el 15 de marzo. Será una decena de esculturas, entre ellas instrumentos musicales rebanados y vitrinas repletas de objetos cotidianos. “Vi su obra en las calles de París y me maravilló. Me interesó, sobre todo, cómo juega con el tiempo y el espacio. Al cortar los objetos y descalzarlos da la sensación de movimiento, conservando lo estático. Una de mis obras favoritas es una vitrina que contiene miles de papeles arrugados, desechados por un amigo suyo que era poeta. Me gusta su capacidad de dar un nuevo sentido a lo que consideramos simple basura”, dice Aninat sobre el artista, que acaba de tener una retrospectiva en el Centro Pompidou.

Desde su muerte, en 2005, la obra de Arman es protegida por su viuda, Corice Canton, y en el mercado puede llegar a costar un millón de dólares.

Grandes piezas apiladas

A fines de los 50, el mundo del arte estaba dominado por nombres como Jackson Pollock y Willem de Kooning, en EEUU, o Mark Rothko y Barnett Newman en Europa, quienes aferrados a la abstracción plasmaron los traumas de la sociedad después de la II Guerra Mundial. El relevo lo tomó el grupo de artistas bautizados por el crítico francés Pierre Restany como Nuevo Realismo, que se apropió de la ciudad, la máquina y los medios de comunicación. Cada uno hizo lo suyo: Klein se transformó en el rey del monocromatismo azul, César aplastó objetos, Christo los envolvió y Arman los acumuló, destruyó y quemó. Paralelo a ellos, en EEUU el Pop Art hacía furor. Para Arman, ambas corrientes eran iguales en líneas generales, pero distintas en su alcance discursivo: “Ellos sólo celebraron el consumo. No conocieron la guerra que vivieron los europeos. Nosotros teníamos cierto pesimismo que Andy Warhol, Lichtenstein y otros nunca tuvieron”, señaló.

Por más de cuatro décadas, el artista nacionalizado estadounidense en 1972 se dedicó a llevar al límite la percepción de los objetos: zapatos, bicicletas, máquinas de escribir, cafeteras y muebles pasaron por sus transformaciones. Las más monumentales fueron sus esculturas públicas, como la que montó en 1982 en el parque Jouy-en-Josas, en Francia: 59 autos apilados en un bloque de hormigón de 20 metros de altura. En 2001, mientras se desarrollaba su muestra en Santiago, soñó con apilar una decena de carros de trenes abandonados en Chile. El proyecto no resultó. “No iba a cobrar casi nada. Para él era curioso que de un país tan lejano le pidieran una exposición. Al final nadie tomó en cuenta su idea”, recuerda Aninat.

Lo que sí quedó en Santiago, fue El mensajero, una escultura de mediano formato adquirida en 2002 por el empresario Manuel Cruzat e instalada en Apoquindo con Augusto Leguía: un rebanado Dios griego de bronce, con casco y pies alados, atravesado por una moto.

En la muestra de marzo, destaca una serie de finos violines seccionados, los cuales lo mantuvieron ocupado en sus últimos años. El mismo explicó su fascinación por los cortes y la acumulación como una herencia familiar: su padre tenía una tienda de antigüedades y él mismo se volvió un gran coleccionista. “El objeto tiene una cualidad permanente de representación. Fue hecho para el hombre y tiene esa cualidad física inherente. Para mí, el objeto está siempre por sobre toda transformación”.

Datos de la galería:

Dirección: Espoz 3100, Vitacura. Santiago, Chile.
Teléfonos: (56-02) 481 98 70 / 481 98 71
Correo: galeriaisabelaninat@gmail.com

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