El origen de los nombres de las calles de Santiago.Chile.

Así como Avenida Providencia recibió esa denominación en honor a las Hermanas de la Providencia, cuya iglesia se incendió esta semana, otras arterias de la capital esconden memorables historias detrás de sus rótulos.

La ancha cuadra de los “Ahumada”

 

La principal arteria comercial de la capital es la única que conserva su nombre desde el origen: un conquistador del siglo XVI. Ya en 1580 el acta del Cabildo de Santiago señalaba la “cuadra de los Ahumada”, donde esta familia, descendiente del bravo capitán Valeriano Ahumada, tuvo su casa solar desde tiempos de la Conquista hasta fines del siglo XVIII. “En ese tiempo se imponían más los caracteres e influencias que las normas, y don Valeriano logró que su calle fuera más ancha que las demás. Hasta hoy, Ahumada es un poco más ancha que Estado y otras vías vecinas. Además, en 1647, un sismo desplomó la mayor parte de Santiago y mucha gente quería trasladar la ciudad a un lugar más seguro, como anteriormente ocurrió con Concepción. Ahumada se opuso tajantemente y logró imponer su voluntad”, afirma el cronista Miguel Laborde, autor del libro Calles del Santiago Antiguo. Fue recién en 1977, por iniciativa del alcalde de Santiago Patricio Mekis, que Ahumada se transformó en paseo peatonal.

El monasterio de las monjas “agustinas”

En 1576 se fundó en la actual calle Agustinas -esquina con Ahumada- el enorme monasterio de las monjas Agustinas de la Limpia Concepción de María. Albergaba 400 religiosas y criadas. Fue el primer monasterio de Santiago y en el siglo XVIII llegó a ser la orden más poderosa y rica de la ciudad. En 1852, las monjas vendieron la mitad del terreno que ocupaban. Según el escritor Sady Zañartu, las agustinas, para pasar a su nueva casa y no romper la clausura, mandaron construir un subterráneo que atravesó la calle hasta el claustro principal, en calle Moneda, donde aún se conserva su templo. El cronista Miguel Laborde duda de la versión del túnel: “Es un mito. El claustro no era tan rígido en su origen. Durante la Guerra de Arauco, mientras sus maridos combatían, había muchas mujeres que se instalaban un tiempo en el convento con sus sirvientes y esclavas negras e incluso hacían fiestas”, afirma. Las monjas se mantuvieron en esta calle hasta 1912, cuando trasladaron su claustro a la entonces apacible calle Vicuña Mackenna.

La tienda donde flameaba la “bandera”

El nombre de esta calle se debe al ingenio del abuelo de Arturo Prat, don Pedro Chacón y Morales. En 1819, a un año de la Independencia de Chile, el naciente gobierno enfrentaba un problema: no había banderas, porque la guerra había diezmado las arcas fiscales. El comerciante Pedro Chacón tenía su tienda en esta calle y era el único que poseía telas rojas en todo Santiago. Para el primer aniversario de la República, enarboló un gran pabellón patrio, el mayor de la capital, que flameaba sobre su local. El escritor y periodista Sady Zañartu relata en su libro Calles viejas de Santiago: “La superstición le hizo mantener por varios años, en su asta improvisada, la ya desteñida bandera del año 1819, y las damas favorecidas con la adquisición de las ricas telas, al ser interpeladas por el lugar de su procedencia, respondían: “La compré en la Bandera, hijita”. Así, el nombre se extendió primero a las inmediaciones de la tienda y más tarde a toda la calle, que conserva desde esos años su apelativo de calle de la Bandera”.

Las beatas de la “Compañía” de Jesús

Los jesuitas se domiciliaron en Chile en 1593 y tuvieron su convento e iglesia en la manzana donde está ahora el ex Congreso Nacional. Según el escritor Sady Zañartu, las beatas que acudían a las festividades diarias de esta congregación fueron las primeras en llamar a la calle con el nombre “de la Compañía”. Miguel Laborde cuenta que el convento jesuita era también muy concurrido, porque “tenían la única botica de Santiago, donde vendían escamas de piel de serpiente, polvos de dientes de dragón, yerbas y distintos fármacos, algunos efectivos y otros basados en supersticiones”. El 8 de diciembre de 1863, en plena celebración del Día de la Inmaculada Concepción, el imponente templo se quemó con sus fieles adentro. Murieron 2.000 personas y por mucho tiempo los transeúntes usaron vestimentas de duelo. “En los jardines del Congreso, justo donde estaba el altar mayor, hay un monumento a las víctimas que recuerda la tragedia”, dice Laborde.

El hospicio de “huérfanos”

A mediados del siglo XVIII, el Marqués de Montepío donó en esta calle una vasta propiedad para fundar el primer hospicio de pobres y crianza de niños huérfanos. “Había muchas relaciones no legales y los embarazos no deseados eran un problema nacional. La Casa de Huérfanos incluso tenía unas estructuras de madera giratorias, donde una mujer podía dejar su guagua y hacer girar la tornamesa sin ver quién estaba al otro lado, para garantizar su privacidad”, relata el cronista Miguel Laborde. En 1779 apareció en Santiago la epidemia del cólera, que diezmó la ciudad.

Durante dos años, se habilitó la Casa de Huérfanos como hospedaje de los “coléricos”, donde se atendió a 3.978 mujeres.

Tras este episodio, el Cabildo reclamó que volvieran nuevamente los niños a ocuparla. Según cuenta el escritor Sady Zañartu en su libro Calles Viejas de Santiago, el orfanato funcionó en la casona hasta 1850, año en que fue trasladado al asilo de la Compañía de Jesús y, más tarde, a la casa de las Hermanas de la Providencia. Sin embargo, los largos años del hogar de niños sin padres perpetuó el nombre de la calle Huérfanos.

Las “monjitas” expropiadas

En las faldas del cerro Santa Lucía, el convento de las monjas de la Orden de Santa Clara la Antigua ocupaba toda una cuadra entre las actuales calles San Antonio, Santo Domingo y 21 de Mayo. Llegaron a asentarse en Santiago en 1678, después de estar casi un siglo en el sur, misionando desde Osorno hasta Castro. El pueblo las llamaba cariñosamente “las monjitas de la plaza” y de ahí vino el nombre de la calle. Ocuparon este amplio recinto hasta que fueron obligadas a irse en 1821. “Bernardo O’Higgins les confiscó su convento, porque necesitaba con urgencia un hospital de campaña y banco de sangre para recibir a patriotas heridos. Después fue pasando el tiempo y nunca les devolvió su propiedad. Eso pasó con muchas propiedades en los años de la Independencia. También a un particular de apellido Undurraga le pidieron prestada su casa en Estado para el general Ramón Freire y 20 años después todavía le escribía al gobierno pidiendo que se la devolvieran”, afirma Miguel Laborde. Las monjitas se fueron provisoriamente a un monasterio en la Recoleta de San Francisco, en el sector de La Chimba (norte del Mapocho) y más tarde se instalaron cerca del Estadio Nacional. “No volvieron más al centro”, sentencia Miguel Laborde.

Pídale a “San Antonio” que le mande un novio

Durante el siglo XVII, este callejón primitivo -que fue trazado a cordel el mismo año de la fundación de Santiago por el alarife Pedro de Gamboa- era protagonista de peleas a piedradas entre santiaguinos y chimberos (habitantes de La Chimba, al otro lado del Mapocho). Los transeúntes para cruzar la calle tenían que esperar los momentos en que se calmaba la lluvia de piedras.

Pero una figura religiosa instalada por 10 monjes franciscanos cambió el carácter bélico y también le dio nombre a esta calle. “En el costado de la Iglesia San Francisco había un nicho con una imagen de San Antonio, incrustada en los muros, que se veía justo desde esta calle. Mucha gente le encendía velitas para pedirle su intercesión en causas difìciles, especialmente las niñas que querían encontrar un amor”, cuenta Miguel Laborde.

Por la calle San Antonio desfilaban las solteras mayores de 20 que iban a confiarle al santo sus esperanzas casamenteras o a dejarle flores de agradecimiento por los favores concedidos.

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