Paseos a caballo y en kayak ofrece la ruta de los glaciares

Los recorridos por diversas masas de hielo en Chile cuestan entre $ 40 mil y $ 650 mil. Todos cuentan con seguridad y guías.

Hace un año que Raúl Díaz Castillo (24) conoció los glaciares Balmaceda y Serrano, ubicados en Puerto Natales. Es tradición en su familia visitar algún destino turístico fuera del país, sin embargo ese año decidieron conocer -como ellos dicen- los encantos de la Patagonia chilena, antes de cruzar hacia Argentina.

Recorrió en barco uno de los sectores del Parque Nacional Bernardo O’Higgins. Ahí paseó por bosques de coigües, lengas y canelos. Al llegar a los glaciares, no pudo contenerse, entró al agua y sacó un pedazo de hielo de 30 cm con el cual tomó un vaso de whisky. “El panorama es majestuoso, el glaciar súper bonito. Podía observar cómo el agua caía por el mismo hielo”, cuenta.

Como Raúl, muchas personas esperan aprovechar las últimas semanas de vacaciones y visitar alguno de los glaciares que se encuentran en el sur del país.

Entre fiordos y canales, AguaHielo Expediciones realiza un recorrido en Kayak por el glaciar Pedro Montt, en el extremo norte de Campo de Hielo Sur. Después de 70 kilómetros de navegación, los turistas llegan hasta el fiordo del glaciar y desde ahí pueden armar un campamento con una vista privilegiada del entorno.

Con menor complejidad, el recorrido considera el traslado desde Caleta Tortel a la Isla Francisco, evitando las zonas de riesgo y cruce de canales que demanden una mayor técnica. Con un máximo de seis personas por grupo, el recorrido dura seis días y guías profesionales acompañan a los viajeros.

Los matices azulados en los hielos del río Huemules son la vista que espera a los visitantes que llegan al glaciar y lago Steffens, tras un recorrido de 47 kilómetros. Ahí los kayakistas llegarán al inicio de los Hielos Continentales Norte. La ruta mezcla toda la vegetación del entorno y las estructuras de hielo que dominan el paisaje. Si las condiciones climáticas son adecuadas, las personas podrán observar y entrar en las formaciones rocosas. El recorrido dura como máximo ocho días.

Una forma distinta de conocer los senderos del glaciar y río Nef puede ser recorriéndolo a caballo. Eso es lo que ofrecen en Green Baker Lodge, donde el trayecto se realiza acompañado de un gaucho. En el viaje que dura ocho días, los turistas tienen la oportunidad de ver el amanecer y anochecer en la playa del glaciar, además de disfrutar de un baño en piscinas naturales.

El costo de estos tours depende de la cantidad de personas. Van desde $ 450 mil a $ 656 mil

En ruta.

Rompiendo el Silencio

Sin lugar a dudas, contemplar glaciares es una de las experiencias más deslumbrantes que el hombre puede disfrutar en la Tierra. Será porque tienen millones de años, por las distintas tonalidades que adquieren al estar expuestos a la luz, porque visitarlos representa todo un viaje por las latitudes donde se encuentran, o simplemente porque sus caprichosas formas y sus tamaños monumentales hacen pensar que sólo un ser superior los pudo haber creado. Lo cierto es que miles de personas de todas partes del mundo gastan considerables sumas de dinero para poder apreciarlos.

Al estar tan cerca del campo de hielo Sur, tercera reserva de agua dulce mundial, es imposible no dejarse tentar ante la posibilidad de acceder a alguno de los cientos de glaciares que lo conforman. Bien temprano, desde el muelle fiscal de Puerto Natales salen las embarcaciones “21 de Mayo” y “Alberto De Agostini” hacia los glaciares Balmaceda y Serrano. Como buen mortal, no escapé a la tentación y fui uno de los primeros en embarcarme. Además, el viaje tiene el plus de llevar a los pasajeros por el parque nacional Bernardo de O’Higgins, el más grande de Chile con sus 3.525.901 hectáreas de superficie.

Zarpamos. A la distancia, observé el monte Balmaceda, cuya imponente figura resalta entre el paisaje circundante. La embarcación pequeña y tambaleante se desplazó sin apuros por el seno de Última Esperanza y, en pocos minutos, surcamos los legendarios canales patagónicos. Lástima el día que me tocó para hacer la excursión; nubarrones grises, fuertes vientos del Pacífico y una llovizna constante y fría no me auguraban una buena jornada. “Al mal tiempo, buena cara” – pensé y con abrigo de por medio salí a la cubierta para observar nuestro recorrido con mayor detenimiento.

Me sorprendió la espesa vegetación que cubría las montañas hasta la costa. Entre el paisaje encrespado, caían enormes cascadas de agua de deshielo, generando un sonido tan estrepitoso como irrepetible.

El viento patagónico, errante espíritu del sur, no podía estar ausente. Una fría ráfaga circuló entre nosotros y como una navaja afilada parecía cortarnos la piel. Sin pensarlo dos veces, decidí entrar nuevamente a la cabina. El guía de la embarcación fue describiendo por altoparlante los distintos sitios que atravesamos y que a duras penas podíamos observar a través de la ventana húmeda. Tras dos horas de navegación, el barco se acercó hasta la punta “Barrosa”, donde vive una colonia de cormoranes. Estos pájaros, parecidos a los pingüinos, permanecen tres meses en el lugar durante el verano hasta que los pichones aprenden a volar.

A medida que avanzamos entre los fiordos, el paisaje era cada vez más agreste y atractivo por sus montañas vigorosas. Mientras tanto, el tiempo parecía transcurrir lentamente. Me esperaban un total de tres horas bamboleantes antes de llegar al glaciar Balmaceda.

Tiempo para reflexionar

Una vez más, apareció el majestuoso monte Balmaceda. Esta vez, en la proa de la embarcación junto con el glaciar del mismo nombre desprendiéndose por oriente. El monte tiene una altura de 2.035 metros y existen pocos antecedentes de haber sido escaladado hasta su cumbre. El glaciar se encuentra en la misma condición de retroceso que la mayoría de los glaciares del planeta. Lo miré con un poco de tristeza, aquel fenómeno me hizo pensar en el recalentamiento del planeta, que en definitiva contribuye al derretimiento de estos colosos de hielo. Unos minutos frente a él fueron suficientes para apreciar sus incontables gamas de azules y celestes.

l “21 de Mayo” continúo con su rumbo, ahora sin escalas, hasta el glaciar Serrano. La embarcación es un cutter de 20 metros de eslora por 5 metros de manga. Posee un motor marca Volvo de 360 HP y su capacidad es de 50 pasajeros. En su interior, el servicio de bar ofrece agua mineral, gaseosas, cervezas y pisco sour, obviamente. Para calmar la ansiedad del almuerzo, se podían comprar gruesas barras de chocolate, aunque con el vaivén de ese día, la venta casi no tuvo éxito.

Un silencio temeroso

Después de 4 horas de navegación, atracamos en el muelle de Puerto Toro, en pleno parque nacional. Comenzamos a caminar por un sendero de 1.000 metros que no presentaba dificultad, a través de un maravilloso bosque nativo y la costa del lago Serrano. La flora en esta zona está constituida por bosques perennes, donde predomina el coihue de Magallanes. No tardé en asombrarme ante la gran cantidad de témpanos que flotan a la deriva por el agua lechosa. Continué caminando con el resto de los excursionistas. Un extraño silencio se apoderó del ambiente. A medida que nos acercábamos al glaciar, observaba atónito cómo la perspectiva se agrandaba a cada paso.

El murallón de hielo que se forma es de aproximadamente 20 metros de altura, mientras que la imponente lengua glaciaria se pierde en el horizonte blanco, con el resto de los pequeños glaciares que forman parte de su cuenca.

De pronto, una inmensa pared helada se desprendió len-ta-men-te… La atención de todos los allí presentes se centró en el terrible y magnífico espectáculo natural que, de una sola vez, se sumergió en las frías aguas del lago, generando un estruendo monstruoso y una ola de más de 2 metros. Estupefacto intenté plasmar la escena en mi interior. Sabía que el sólo hecho de recordarla me erizaría la piel como en aquel momento, y quise conservar esa impresión para siempre. A la impensada caída, al estruendo, a la ola, le siguió un aplauso generalizado. Miré al cielo y sin encontrar nada en él, agradecí al Creador por la oportunidad que tuve de estar presente en la caída de aquel glaciar Serrano, en un día gris y lluvioso.

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