Islas: Solitarias anfitrionas

Experimentar por algunos días la soledad absoluta debe de ser de las cosas más únicas que podemos sentir quienes vivimos siempre rodeados y al ritmo de una aguja que no para. Eso, precisamente, les sucede a aquellos que decidieron saltar del continente a una isla. Hacer patria y echar raíces, convirtiendo pequeñas fajas de tierra flotantes, en oasis de calma y relajo. Algunas reciben visitas de vez en cuando. Dos de ellas nos invitaron a un recorrido por su historia y razón de ser.

Las Bandurrias… un largo camino a casa

La travesía no es menor desde Puerto Varas hacia el lago Las Rocas, donde se encuentra la isla Las Bandurrias. Un recorrido de seis horas -incluida caminata, trasbordador por el lago Tagua Tagua y nuevamente caminata guiados por un baquiano- nos indica que llegar a este remoto lugar es sólo para algunos. Sí, porque aquí no se da eso de llegar al aeropuerto y que una van te lleve a tu destino. Todo lo contrario: aquí, desde el inicio la experiencia y contacto con la naturaleza son de una sensibilidad diferente, que tiene que ver más con el ritmo que imponen las estaciones, la cultura local y, por supuesto, la fundadora de este proyecto, Françoise Dutheil, una francesa que llegó caminando desde Argentina, donde vivía. De eso, han pasado algo más de 25 años.

Una invitación a conocer el valle del río Puelo y una caminata de más de dos días fue el comienzo de este proyecto para Françoise, que un poco escapando del desarrollo que por esos días asediaba a El Bolsón, donde ella residía, terminó por convencerla de que era en este remoto rincón de Chile donde ella quería vivir. Primero compró un campo y luego vino la isla, un lugar que siempre le causó curiosidad en sus travesías por el lago. Eran 4 hectáreas de las cuales casi no se tenían registros y que luego de un sinfín de encuentros con los lugareños, con los que compartió acampadas, cuentos e historias al lado del fuego, dieron vida a este reducto, que debe su nombre a las aves que anidaban en una roca en la parte de atrás de la isla. “Ahí, sin luz ni caminos, la vida transcurría en otros tiempos. Las compras en Puerto Montt eran para tres meses, así como también los materiales que no se podían conseguir para construir la casa, como vidrios, clavos, etc.”, cuenta Catherine Berard, hija de Françoise y quien hoy opera Opentravel, un emprendimiento que promueve diferentes visitas y recorridos por la zona.

Una casa primero y luego la construcción de una cabaña para invitados marcan la cronología de la isla, que hoy puede recibir hasta diez personas al mismo tiempo y en las que el visitante termina conmovido por el paisaje y la onda. “La gente se encanta al ver que todo se vuelve posible si uno se atreve, lo decide y le pone amor”, puntualizan.

Las casas están ambientadas rústicamente. Cocina a leña incluida, aquí es posible experimentar con lo básico una verdadera conexión con la esencia de la naturaleza en todo su esplendor.

Logde Isletilla… Pequeño paraíso Chilote

A fines de los 70 y durante los 80 no perdíamos capítulo de la hoy serie de culto, La Isla de la Fantasía. No sé si era Tatú -quien esperaba con ansias la llegada de nuevos visitantes- o las fantasías o deudas pendientes que allí se manifestaban; la cosa es que más de alguno debe de haber sido cautivado por ese halo de misterio que rodeaba y rodea a estas formaciones geográficas, como es el caso del Lodge Isletilla, un reducto a poco más de 20 kilómetros de Castro, Chiloé, en la localidad de Quinched. Una isla de algo más de media hectárea que deja ver un vínculo con el continente apenas baja la marea. Ahí vive una joven pareja que decidió compartir su mundo con viajeros que se animaran a pasar una temporada y disfrutar de la vida solitaria y en calma de este pequeño trozo de tierra al que denominaron Isletilla, para lo que sumaron una construcción a lo hecho por su anterior dueño, una cabaña y una casona construidas por el arquitecto local Edwards Rojas en el mismo lugar que antes ocupaba la iglesia de la zona -lanzada al mar tras un temporal-. Y cuenta la leyenda que el párroco, en el afán de cuidar las pocas pertenencias de su congregación, escondió los santos bajo tierra en un rincón aún misterioso.

Cabalgatas, avistaje de aves o caminatas son parte de las actividades que se pueden realizar mientras se está ahí. Nada ostentoso, todo simple, pues aquí lo importante es sobre todo disfrutar del entorno, participar de la verdadera experiencia de estar solo y frente a frente con la naturaleza en una de las casas que se arriendan durante todo el año, y a la cual se puede ir también con el familión, ya que las cabañas, de dos pisos, pueden albergar hasta seis personas.

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