Hoteles boutique: huir dentro de Santiago

Hay santiaguinos que rompen la rutina a pocos kilómetros de casa. ¿Las alternativas más apetecidas? Los hoteles boutique que abrieron en Santiago en 2010, que funden diseño, descanso y buena comida.

Llegar a la habitación y encontrarse una cubitera con una botella de champán helado, chocolates hechos a mano y flores frescas, son los bienes codiciados por los santiaguinos. Las necesidades son claras: pasar una noche diferente durmiendo sobre una queen size, entre sábanas blancas traídas desde Francia, comiendo bien, pidiendo todo tipo de servicios a la habitación y relajándose en un spa.

Varios hoteles ofrecen escapadas de fin de semana, pero pocos tienen eso que buscan los más exigentes: que la decoración esté cargada de detalles y buen gusto, que el ambiente sea íntimo y que la atención sea tan personalizada, que los haga sentir como en casa. Todo, a pocos kilómetros de la propia.

En 2010, tres hoteles boutique abrieron sus puertas. En marzo, comenzó a funcionar The Aubrey, ubicado en calle Constitución, en pleno corazón del barrio bohemio de la ciudad, Bellavista. Dos meses más tarde, lo hizo Le Rêve, rodeada de la clásica y elegante arquitectura de Escipión Munizaga en Orrego Luco. En octubre, fue el turno del Petra, que aunque es de la cadena Radisson, es más pequeño y está en un tranquilo lugar de La Dehesa.

El director de la Escuela de Ingeniería en Gestión Turística de la Universidad del Pacífico, Shigeru Otsu, explica los principios básicos de un hotel boutique, concepto que nació de la mano del Morgans Hotel de Nueva York de Madison Avenue, el año 84 : “Es flexible en el número de habitaciones. Puede tener entre cuatro y 100 habitaciones, pero la calidad de la atención es lo que marca la diferencia, porque debe ser personalizada”, asegura. Y explica que están destinados a un segmento aspiracional que quiere darse gustos.

Al interior del Radisson Petra -que tiene 105 habitaciones-, todo evoca a las piedras y las montañas, como indica su nombre. Según Caroline Mackenzie, gerenta de ventas de Petra, el 20% de los huéspedes son santiaguinos y la mayoría vive en el mismo barrio, en La Dehesa. “No les complica desaparecer una noche de la casa, porque saben que tienen a sus hijos cerca”, explica.

Al llegar a la habitación, una botella de champán reposa sobre hielos y un plato con trufas reciben al huésped. Después de un brindis, es el turno del restaurante Zafrán, donde las mezclas mediterráneas del chef ejecutivo, el francés Franck Dieudonné, no dejan ningún paladar insatisfecho.

El spa es una buena idea para el día siguiente, después del desayuno. Todo lo que ahí hay está pensando para aliviar el estrés: una piscina temperada de 16 metros de largo, reposeras bajo la luz tenue, baños con leche de cabra, sauna y, por supuesto, una buena gama de masajes.

Como la idea es que los pasajeros se sientan a gusto, el check-out se hace más tarde: hasta las 4 o 6 de la tarde.

La mayoría llega los viernes y sábados. Los santiaguinos que alojan en The Aubrey -al menos una pareja por semana- van en busca de “algo distinto”. Cynthia Kharoufeh, mánager del hotel, explica que la ubicación en medio de la bohemia de Bellavista, los hace sentir como si fueran turistas en su propia ciudad. “Llegan al hotel, se toman un trago en el bar y luego van a pasear por el barrio y a comer a los restaurantes de la zona”.

The Aubrey se tomó dos antiguas casonas de 1927, que fueron completamente reestructuradas, para dar paso a las 15 habitaciones que tiene. Son todas diferentes (US$ 240 la más pequeña y US$ 550 la suite más grande con jacuzzi). Los salones están amoblados con antigüedades y piezas de diseño contemporáneo que el mismo dueño del hotel, el australiano Mark Cigana, se encargó de buscar personalmente en ferias de la ciudad, pero también en Londres, donde vivió varios años.

Si se llega temprano, se puede comenzar el día tomando desayuno en el comedor o en la terraza, rodeada de muros de piedras y abundante vegetación. Jugos naturales, pan y granola preparados en casa, huevos en todas sus variedades y fruta fresca son algunas de las exquisiteces para empezar a sentir si está en buenas manos. Mejores aún, si se encarga a la habitación.

El hotel es un laberinto de escaleras y de salas de estar con mullidos sillones que invitan a tomarse un café o un trago. Además, tiene pequeñas terrazas, ideales para sentarse a leer un libro por las mañanas. La más grande, un deck donde está la piscina, justo en la ladera del cerro y que en invierno se entibia a 32º. Ahí, se pueden escuchar las aves de las pajareras del Zoológico Nacional.

Apenas se pone un pie en Le Rêve -sueño, en francés- la promesa es una fantasía que combina la nostalgia provenzal y la sofisticación parisina. La casa en Orrego Luco -que data de 1910- está a pasos del ajetreo y el tránsito de vehículos de Av. Providencia. Pero al interior, es fácil perderse en los detalles que evocan al país galo: cortinas hechas de telas traídas de Francia, antiguos libros en los estantes y muebles de siglos pasados.

Acá buscan lograr un ambiente familiar, porque es lo que quieren los capitalinos, que según el gerente, Rubén Soto, representan un 10% de los huéspedes. Los espacios comunes invitan a que la gente se apropie de ellos y la pintoresca cocina es imposible pasarla de largo: permanece abierta toda la noche y se puede entrar libremente para preparar un café, sacar un jugo del refrigerador o comer galletas. Es lo que se conoce como midnight snack.

Hay que tomar nota del lobby del hotel, porque ahí es donde se toma desayuno. En Le Rêve no hay comedores ni restaurante; sí una barra que funciona bajo el concepto de honesty bar: los tragos están apoyados sobre el mesón y cualquier puede servirse y luego anotar su propia comanda de consumo. Nadie vigila ni toma registro. En verano, se puede tomar desayuno en el patio interior, bajo la sombra de un palto de casi 100 años.

En el barrio chic de la ciudad, Alonso de Córdova, se ultiman los detalles de los que será Noi, un boutique de 87 habitaciones que abrirá a mediados de mayo y que sorprende por sus servicios: un spa, dos restaurantes, bar, piscina en el noveno piso, un deck y una galería de arte.

De exquisita iluminación, sorprende la gran cascada que va desde el primer piso hasta el cuarto subterráneo y los colores tierra de su arquitectura y decoración.

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