Exploradores de laguna San Rafael.Chile.

Cinco amigos que cumplen 40 años y una aventura: navegar en kayaks por fiordos australes hasta laguna San Rafael. Seis días de travesía por algunos de los más hermosos paisajes de Chile.

La Región de Aysén -que para muchos puede ser la región más linda de Chile– nos recibió en otoño con mucha lluvia, pero con algunas horas de sol en días cortos. Cumplíamos 40 años y decidimos conmemorarlos con una travesía en kayak al ventisquero San Rafael. A estas alturas de la vida, la faja para cuidar la espalda y el ibuprofeno serían parte del viaje desde el primer día, y la dieta incluiría -como nunca antes- un par de botellas de vino y cervezas que se mantendrían bien frías para compensar tanto deporte.

Volamos a Balmaceda y cargamos la camioneta con nuestros equipos y tres kayaks de los cinco que habíamos despachado, desde Santiago, 15 días antes. El resto de la carga -todo el equipo común de campamento que incluía las cocinillas, toldos, comida y los otros dos kayaks- lo encontraríamos esa noche en algún sector del río Exploradores o en río Tranquilo. Cruzamos el portezuelo de cerro Castillo teñido de amarillos, naranjos y rojos en sus laderas. Aysén en otoño debe ser su época más linda. Almorzamos en Villa Cerro Castillo, a unos 90 kilómetros de Coyhaique, específicamente en “el bus de la Sole”, los mejores sándwiches a la orilla del camino, arriba de un bus acondicionado, mientras los autos que pasan se detienen para conversar y saber donde vamos, al momento en que ven la camioneta cargada con kayaks. Para ellos no hay apuro, pero nosotros tenemos que llegar al valle Exploradores en la tarde, si es que queremos organizar y desembalar para estar al día siguiente en el río.

Avanzamos por el camino que se interna en el valle Exploradores desde Río Tranquilo y notamos lo maravillosa de esta ruta, que en pocos años será la mejor alternativa para acercarse hacia laguna San Rafael. Mientras armamos las cartas de navegación, en porta mapas impermeables, y cargamos las baterías de GPS y cámaras fotográficas, comentamos cómo será este camino -hoy poco transitado en otoño- en 10 años más, con servicios turísticos, navegaciones y excursiones al alcance de los futuros visitantes. Es un valle que impresiona en cada rincón, con cascadas, bosques y glaciares que se descuelgan de las montañas.

Al final del camino encontramos nuestros botes, en la localidad de Teresa, la confluencia de tres ríos, a 75 km de Río Tranquilo. Regulamos timones, colocamos cordones en los remos, armamos las raciones de comida alrededor de una fogata y dejamos todo listo para cargar los kayaks a la mañana siguiente.

Iniciamos el descenso del río con nuestros botes muy pesados y la emoción de estar iniciando la aventura. Giancarlo, uno de los exploradores, iría leyendo el río, el resto lo seguimos. Nos cruzamos con un poblador que va río arriba con su fiel perro ovejero, convertido en patrón de lancha parado en la proa. Aunque ya le ha tocado ver unos pocos kayakistas, no deja de sorprenderse y desearnos suerte para cuando lleguemos al mar. Pregunta cuántos días demoraremos en llegar a San Rafael, donde dormiremos y luego nos recomienda la ribera sur del río para remar.

Después de 25 km de navegación, llegamos a un sector conocido como Punta Entrada, en la bahía Exploradores. El río abre en muchos brazos, donde el agua salada y dulce se mezclan. Acampamos junto a un estero y armamos las carpas al interior del bosque. Bajo el toldo armamos la primera mesa de plumavit (gracias a la contaminación pesquera), que nos permite colocar ollas, cocinillas, balones de gas, cantimploras y todo tipo de artilugios que llevamos al interior de los kayaks. Durante la noche no nos despierta el ruido de la lluvia intermitente; lo que interrumpe el sueño es el chapotear de unos delfines. A la mañana siguiente, mientras tomamos desayuno, vemos pasar a cuatro toninas frente al campamento, un espectáculo que también contemplaríamos los días siguientes.

Salimos al mar y ya vemos el paisaje de fiordos escarpados característico de esta zona austral, bosques frondosos que cuelgan desde paredes verticales y enormes cascadas. La navegación aquí no es compleja, y los botes se mueven un poco más que en el río con las olas y el viento. Avanzamos hacia el sur a buen ritmo y, apenas divisamos una playa que coincide con lo que aparece en el mapa, decidimos detenernos allí.

Queremos ingresar a una pequeña ensenada, por la cual podríamos acceder al ventisquero Gualas, pero el intento es un fracaso: debemos remontar un río y toda la desembocadura tiene bajos en los que incluso los kayaks topan, y luego de tres horas recorriendo ese sector, nos encontramos, en medio de una especie de ciénaga, un alto que nos permitiría armar el campamento para pasar la noche. En el bajo colocaríamos el toldo y esta vez los kayaks harían de estacas y de comedor. Consultamos la tabla de mareas. Calculamos la marea alta anterior y, cansados, nos vamos a dormir un poco intranquilos (sabemos que la alta de la noche llegará alrededor de las 12 A.M.) A esa hora despertamos y los kayaks del “comedor” empiezan a flotar. Vemos cómo la marea sube lentamente, mientras calculamos hasta donde llegará. Los cinco nos encontramos con las linternas frontales encendidas observando el fenómeno. Cuando nos disponemos a recoger los sacos de dormir y a desarmar todo el campamento por la amenaza de la marea, ésta se detiene providencialmente a las 02.30 de la mañana… así es que, a pesar de la subida de mar y la lluvia, dormimos secos.

El estero Elefantes había estado calmo los primeros días, sin embargo, cuando decidimos cruzarlo sopla un viento norte que levanta olas de dos metros en medio del canal. Nos acordamos de la conversación con el poblador en el río Exploradores. Durante dos horas juntamos nuestros kayaks, nos preparamos para dejarnos llevar por el viento y regular la dirección sólo con los timones. Hay que llegar a Punta Leopardo, en donde la costa protege del viento. Al separarnos y remar por nuestra cuenta, notamos la fuerza de las corrientes en el mar que, en estrechos como estos, se transforman en verdaderos ríos sumamente turbulentos. Al remar por el sector protegido nos aprovechamos de dicha corriente para entrar muy rápidos a la laguna San Rafael y recorrer los 13 kilómetros del río Témpanos en sólo una hora.

A lo lejos vemos acumulados en la ribera sur, todos los trozos de hielo que se desprenden del ventisquero San Rafael. Nuevamente, un par de delfines pasó junto a los cinco kayaks. El ventisquero San Rafael está completamente cubierto. La visibilidad es de, aproximadamente, unos 150 metros mientras nos acercamos a través de un mar repleto de sorprendentes trozos de hielo. Hace un poco de frío y sobre el faldón del bote comemos algunos manís, chocolates y galletas, junto a un café que se mantiene caliente en el termo. Qué contraste con lo que tenemos a estribor justo a mediodía: el crucero Skorpios. Observamos, a través de los ventanales, como los garzones salen de la cocina con bandejas humeantes y las sirven a los pasajeros. Cuando algunos de ellos notan nuestra silenciosa presencia en el agua, demoran un par de minutos en colocarse guantes, bufandas, parkas y gorros para salir a cubierta a fotografiar a estos mojados personajes, que en pequeños kayaks remamos entre los hielos junto a ellos. Después de seis días de expedición, deseamos aunque sea por un minuto estar al interior de ese legendario barco.

Para repetir parte de esta travesía, contactarse con Andrés Miller de latitud90 al mail empresas@latitud90.com. Viajes entre 6 y 10 días, con 6 participantes mínimo. Desde US$ 1.500 por persona.

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