El último bar

Nadie sabe desde cuándo existe. Algunos dicen que son, al menos, 80 años. Otros aseguran que son 150. El Serena, en calle Brasil, es uno de los bares más antiguos de Santiago. Donde todo funciona en marcha lenta y la carta se anota con tiza en una pizarra, de esas que cualquier emporio ondero mataría por tener.

En el último bar de Santiago, el hombre entra y se sienta en un piso de la barra de madera oscura para que lo atiendan. Son las dos de la tarde de un día de semana de este invierno donde el país parece haber explotado. Adentro da lo mismo lo que le pase al Chile del 2011: la música viene de una pequeña radiocasete sintonizada en viejos éxitos de los 70. Detrás de la barra, Hernán, el encargado del bar, levanta una garrafa y le sirve chicha al hombre. Hernán lleva una capa azul y un gorro de lana y sonríe. Luego le echa al vaso una rodaja de naranja. El hombre la bebe lentamente, en silencio. Detrás suyo, la gente almuerza, conversa, las meseras pasan con los platos. Todo sucede con la velocidad que sólo existe en los viejos bares: rituales que funcionan solos, porque están ahí desde hace demasiado tiempo.

Porque el tiempo se detuvo aquí. Se paró en seco. El Serena, en calle Brasil 437, parece sacado de otro tiempo, de otra ciudad, de otro mundo. Nadie sabe a ciencia cierta cuántos años tiene. En alguna página web dicen que 80. Ramón Díaz Eterovic, que ha convertido sus novelas policiales en un verdadero museo de un Santiago desaparecido, dice que tiene 100 ó 120 años. Hernán, desde la barra, habla de unos papeles que ha visto por ahí y que dicen que el local tiene 150 años. En cualquier caso es viejo y quizás ese origen incierto es más interesante que el de la Confitería Torres o La Piojera, que ostentan las credenciales de ser los lugares más viejos de la capital.

Más allá, a escasa media cuadra del Serena, la plaza Brasil está llena de locales nuevos y flamantes, de restobares, de lofts donde alguna vez filmaron teleseries, de carteles que avisan la última fiesta del galpón Víctor Jara. A escasa media cuadra, el Santiago antiguo al que pertenece el Serena parece haberse borrado en el sincretismo de un barrio bohemio, mientras que en las manzanas que lo rodean, los viejos palacios en ruinas se alternan con sitios baldíos, liceos tomados y edificios flamantes construidos en tiempo récord. Más allá, por el norte y rumbo al río, las picadas de comida peruana se alternan con los neones rojos y verdes de los restoranes chinos, con las rejas de los pequeños emporios y botillerías, con los muros de las pocas casas viejas que aún quedan.

La carta del Serena no es compleja y está delineada con tiza en un cartel afuera y pintada a mano adentro. Muchos de los platos han sido tarjados. Esas tachaduras son una historia secreta de la gastronomía chilena, una historia redactada en esa tipografía de artesano que todos los emporios hipters desesperan por tener, para lograr algún aura vintage. Por supuesto, lo que se vende acá es clásico, sencillo y perfecto: en la barra se sirven cañitas de vino, chicha de San Javier, pipeño y cervezas de litro. Al almuerzo, el menú varía entre los platos del día -pollo arvejado, guatitas o porotos- y las especialidades de la casa, que son el pernil y el arrollado. Todo va en platos ovalados para comensales, que son casi siempre trabajadores, estudiantes o jubilados que van a la segura, porque es harto y barato.

En la noche, no hay platos, pero sí sánguches cortados como sólo lo hacen las verdaderas picadas, en marraqueta y media, donde cabe casi todo. Por supuesto, los lugares de todos en el bar están asignados de antemano. Los parroquianos clásicos se quedan en la barra, los más jóvenes se sientan en las mesas cuadradas de madera oscura del pequeño salón de atrás y piden cervezas de litro, que Hernán saca de los coolers, que quizás son lo único nuevo del lugar. Al lado de las mesas, en la muralla, están las marcas donde alguna vez estuvieron los percheros y en la pared hay viejas reproducciones de paisajes, donde el humo ha desgastado las siluetas de las formas, haciendo que ese tono ocre del tiempo sea la única pincelada que se ve en el cuadro. Todos hablan aquí en voz baja. Nada estalla en el Serena, mientras se pasea un señor silencioso con un delantal rojo, limpiando las mesas. Cada cual se preocupa de sus propios asuntos: obreros que vienen del trabajo, estudiantes que beben cerveza huyendo del estruendo de los pubs de calle República, parejas que tienen ahí su primera o última cita.

En la barra, los parroquianos hablan. La radio sigue sintonizada en los éxitos de antaño. Todos se conocen. Todos han aprendido a estar ahí: esta es su comunidad, su club, su familia. Muchos de los que venían, ya murieron. Los que quedan hablan de los muertos, de los que se fueron, de los fantasmas que se pasean con ellos y que quizás se sientan a su lado en los asientos vacíos de la barra. Arriba, las aspas del ventilador están detenidas. Más allá, en un estante, hay distintas imágenes de la Virgen cerca de un mostrador, donde todas las botellas están medio vacías y medio llenas, cubiertas delicadamente por el polvo de los años. Mientras hablan, los relatos se mezclan: lo que dice un hombre de gorra y pelo tomado que bebe vino, lo que dicen dos amigos que toman chicha, lo que dice un señor que pide cortos de ron, lo que dice Hernán, lo que el resto de los parroquianos agrega a la pasada cuando se van.

Todas las historias son narradas al mismo tiempo. Lo que dicen: que Hernán llegó hace tres años, que antes trabajaba en otra cosa. Que antes de él estaba la Carmencita y antes, otra persona. Que el dueño del local vive en La Serena, que por eso se llama así. Que nadie sabe exactamente quién es. Que el Serena siempre se ha llamado así. Que alguna vez vino Lucho Gatica. Y Angel Parra, el hijo. O el padre. Que antes al Serena venían familias y esas familias se fueron del barrio. Que antes, para que los dejaran tomar tranquilos, les pasaban un pan y un plato con pebre a los clientes. Que los pacos son complicados. Que los inspectores municipales son complicados. Que ahora el barrio Brasil se parece a Bellavista y que Bellavista ya no es lo que era. Que hay un señor que es bombero y viene hace 70 años a la bomba de Brasil y a veces almuerza ahí, en el Serena. Que venía un cantante de ópera llamado Ramón Vinay y que Luis Dimas pedía chuletas. Que por ahí pasó alguna vez Pedro Messone. Que el barrio cambió. Que el Serena es barato, que no es como esos otros locales que le sacan el mil por ciento a cada botella. Que pueden tomar ahí tranquilos. Que a veces, cuando había toque de queda, se bajaba la cortina y la gente se quedaba adentro. Que antes abrían hasta tarde, que ahora los fines de semana son complicados, que ya no abren porque hay muchos curados. Que no les gustan los peruanos, porque a la segunda cerveza ya arman pelea. Que antes venía el cantante de “La pera madura”, del que no recuerdan el nombre. Que antes venían hartos trabajadores ferroviarios porque había un sindicato cerca. Que también venían diputados y senadores. Que por ahí alguien vio a Palestro, ese que tenía bigotes. Que antes venían pintores, que los cuadros que están ahí son de ellos, pequeños estudios al óleo, donde aparecen naturalezas muertas en clave cubista o el retrato de una mujer morena. Que ahora hay que buscar dónde tomar, porque ya no queda casi nada en el centro y La Piojera siempre está llena y es cara. Que antes todo el sector era un barrio rojo, que estaba lleno de prostíbulos y que todo eso desapareció, se borró. Que el barrio es viejo. Que ahora hay restoranes chinos y que demolieron las casas y construyeron edificios y los que se quedaron en el barrio fueron pocos y envejecieron con él. Que el Serena es lo único que queda, que locales antiguos ya no existen.

Ellos dicen que ya no saben cuánto tiempo han venido, que algunos conocían el lugar cuando eran niños y que luego dejaron de venir y que ahora han vuelto y que el Serena siempre ha estado ahí para recibirlos. Que todos han ido y vuelto, que han vivido cerca y lejos. Que están jubilados. O retirados de las fuerzas armadas, de la bohemia, de los puteríos, de la noche.

Dicen que no saben quién diablos es la muchacha desnuda de la foto, esa chica retratada en blanco y negro que los mira desde el muro con una guitarra entre las piernas, porque esa foto bien puede corresponder a un recorte de un diario, a un retrato de los 60, a un regalo que hicieron alguna vez unos estudiantes del Arcis y sí, tienen razón, el último siglo bien cabe en su mirada: la muchacha le sonríe a la cámara y es imposible saber si es una vedette antigua o un desnudo artístico reciente, si la imagen la tomaron en un camarín de una revista hace 40 ó 50 años o en la pensión de un estudiante porque da lo mismo, ella los vigila a ellos, a los parroquianos.

Ellos dicen que el Serena, el último bar de Santiago, no va morirse. Que no va a cerrar.

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