Cementerio General: Tras el muro de los muertos

Un rincón del Cementerio General es hoy visita obligada de turistas. Es el Patio de los Disidentes(información), lugar donde por años se sepultó a los no católicos, separados por un grueso y alto muro. Las cuidadoras de tumbas del viejo patio son la guía perfecta para ese viaje al pasado.

El alto muro parece guardar un lugar fresco y secreto. Un árbol de naranjas, pinos y araucarias ensombrecen el paisaje. El portón de fierro es pesado y muchas veces está con un grueso candado. Hacia adentro, en el laberinto de nichos y sepulturas, un ojo sutil podría vislumbrar una abundancia poco común de columnas truncadas (símbolo masónico), estrellas judías, cruces de Lorena y anglicanas, símbolo de las religiones protestantes. Es el Patio de los Disidentes, creado en 1854 “por la presión diplomática”, dice Tulio Guevara, director del Cementerio General. “Países como Inglaterra y Alemania veían cómo sus connacionales al morir en Chile eran arrojados al mar o derechamente a basurales, porque como eran luteranos o anglicanos, la Iglesia Católica no permitía que los sepultaran en sus cementerios (1)”.

El gobierno de Manuel Bulnes presionó a la Iglesia para donar el antiguo basural del Hospital San José para hacer un patio para los “disidentes, herejes y suicidas”. La Iglesia aceptó a regañadientes, pero desempolvó una norma canónica de 1700 que indicaba que el lugar debía estar cercado por un muro de siete metros de alto y tres metros de espesor, para que las almas de los impuros no contaminaran las bautizadas.

Así, cerrado y oculto, permaneció 156 años. Y una selva creció al fondo del patio, cubriendo las tumbas antiguas.

Sólo el pastor presbiteriano Juan Wherli seguía la tradición protestante (def) de ir los días 31 de octubre -no el 1 de noviembre para no toparse con los católicos- a los cementerios. Lo hacía con miembros de su comunidad religiosa, con quienes aprovechaban de limpiar y mitigar un poco la devoradora naturaleza. Ponían velas y regaban las tumbas, pero la selva y el deterioro seguían creciendo.

El año 2009, Wherli junto a la comunidad de iglesias protestantes y evangélicas presentaron un proyecto Bicentenario para la recuperación del Patio de los Disidentes, que curiosamente se terminó justo en enero de 2010. “Curiosamente -insiste el director Guevara-, porque se reforzó el muro con hormigón. Si no, me dicen los arquitectos, lo más probable es que se hubiera caído con el terremoto del 27/ F, y hubiera terminado la división entre católicos y disidentes”. El destino, como siempre, habló a su modo.

En la remodelación se construyeron veredas de piedra, fuentes de agua y algunos asientos. Se dispuso gravilla entre las tumbas “y se removieron varias toneladas de vegetación de 100 años”, dice Rosa Cáceres, la cuidadora de las tumbas. “Sacaron árboles de este grueso”, dice abarcando su cintura de 65 años. Ella aprendió el oficio de su madre hace 30 años y, ahora, lo continúa su hija Pamela, de 40. En total, las mujeres de su familia llevan casi 70 años vigilando las tumbas de los disidentes a cambio de propinas y pagos mensuales de familiares.

Espera ansiosa cada 1 de noviembre o la víspera, pues los deudos de los nichos la pasan a saludar y se ponen al día en las cuentas del año. “Trescientos cuidadores trabajan en el Cementerio General de ese modo”, dice. Más los grabadores y maestros de lápidas. Más los sepultureros, guardias y floristas. Casi 1.000 personas viven del Cementerio General.

Cada guardián tiene su sector. Patios, avenidas, calles, nichos, mausoleos. Para Rosa, el Patio de los Disidentes es como su feudo privado. Le gusta, porque es fresquito y con poco movimiento. Cuida aproximadamente 40 tumbas. Durante muchos años ni siquiera sabía que se llamaba así. “No había ni un cartel ni una indicación”. Veía venir evangélicos a cantar. Luteranos. Extranjeros. Conoce muchas lápidas curiosas: “La de Frankenstein”, dice. Se refiere a la de Berta Seckel Frankenstein, fallecida en 1866. También vigila el mausoleo de la Colonia Alemana. La tumba de Rodulfo Phillipi. Algunas de masones, que en vez de cruz tienen una columna rota o un sutil adorno de azulejos blanco y negro. El nicho de Gustavo Heyermann, el inventor del primer submarino que navegó en el Pacífico en 1911. La de Juan Canut Bon, el primer evangélico que les dio el conocido apodo a sus seguidores. Y recordatorios de la sempiterna violencia de los chilenos. Como la tumba de Alice Meyer, la hija de los dueños de los restaurantes München, que murió en 1985 estrangulada y sin culpables, en Lo Barnechea.

En este espacio dejaron de venderse terrenos en 1883, cuando se promulgó la Ley de Cementerios Laicos, que permitió a los no católicos y suicidas ser sepultados con todos los derechos y honores. Sin embargo, las tumbas del patio son perpetuas y muchas familias de las colonias inmigrantes siguieron la tradición. “Aunque muchos se han ido a los cementerios privados”, finaliza Rosa, quien continuará cuidando el antiguo mausoleo de piedra y losa.

Administración: Ilustre Municipalidad de Recoleta
Oficina Central:Avenida La Paz s/n.

Fuente

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