Así llegó Halloween a Santiago

El Instituto Chileno Norteamericano empezó con pequeñas celebraciones a mediados de los 70. En los 80 se detuvieron y en los 90, dos discoteques armaban sus primeras fiestas temáticas. Décadas después, la mayoría de los centros nocturnos de Santiago lo celebran. Así fue cómo Halloween se apodera de las noches de espanto.

Las fiestas que se celebraban en el Instituto Norteamericano de Moneda, a mediados de los 70, duraban todo el día. En la mañana y en la tarde había flippers y pesca milagrosa para los niños, y en la noche llegaba un público de entre 18 y 40 años: ellas, disfrazadas de brujas, y ellos, de vampiros. “En las salas colgábamos momias, fantasmas y calabazas hechas a mano. En esa época no había la oferta para decorar que hoy hay en Rosas o en los supermercados. Pero montábamos un túnel del horror, un pasillo que recreaba un cementerio y que no tenía nada que envidiarle a la casa fantasma de Fantasilandia“, recuerda Erasmo Veloso, un coordinador académico que lleva 35 años allí.

Cuenta que las del Norteamericano eran las primeras fiestas de Halloween que se hacían en la capital. Costaban alrededor de $ 1.000 de hoy y sólo se les vendía a los alumnos. “Pero la fiesta era tan apetecida, que la gente buscaba a los estudiantes del instituto para que los invitaran”, asegura.

Halloween se conmemoró durante una década en la sede del centro, pero a mediados de los 80, tuvo que suspenderse. La situación política hizo complejo festejar. Entonces tuvieron que pasar casi 10 años para que zombies y momias encontraran dónde bailar.

En la década de los 80, lo que había eran festejos privados. La publicista Pamela Lagos asistió a una de ellas, en San Carlos de Apoquindo. “Era la casa de una pareja de extranjeros que hacían una gran producción. En el antejardín había una tumba con el nombre de cada invitado y toda la comida era temática. El ponche, por ejemplo, era de frutilla con pasas, que simulaban bichos, y los panes estaban decorados con huevos, para que se vieran como ojos saltones”, recuerda.

Esta mujer y su esposo estadounidense, Daniel Brewington, llegaron en 2001 a Santiago, y ese mismo año él compró bolsas de dulces, a la espera de que los niños tocaran su puerta. “Estuvieron más de seis meses guardadas. Nadie llegó”, ríe Daniel. El gringo -como se autodenomina- no podía creer que acá no se hiciera nada. Entonces decidió disfrazarse cada 31 de octubre y conectarse a la webcam para saludar así a sus amigos en EE.UU. e Inglaterra.

En los 90, los muertos empezaron a revivir y a salir de sus tumbas. Hace 17 años, la discoteque Las Brujas organizó la primera fiesta de Halloween masiva. El productor y ex relacionador público del lugar, Mauro Oyarzún, cuenta que el nombre del local ayudó a congregar gente. “Fue todo un suceso; animó Remigio Remedy y el ballet estuvo a cargo de Claudia Miranda”.

Enzo Trovero, hijo de uno de los ex dueños, recuerda que mucha gente llegó disfrazada, pese a que ningún volante lo advertía. El éxito fue tal, que los eventos se hicieron hasta 2006, año en que cerraron sus puertas.

Así como lo hacían en el Instituto Norteamericano, la decoración de Las Brujas también la armaban ellos. “Usábamos mallas de pescar para simular telarañas, por ejemplo”, cuenta Enzo. “Después fuimos agregando otras cosas, como en 2000, que hicimos una alianza con el diseñador español Jesús del Pozo. Tenía un perfume llamado Halloween, y rociamos toda la discoteque con unos tubos. Ese año llegaron 3.000 personas, más del doble de lo habitual”.

Por la misma época, a la salida del Metro ULA, la Blondie abría sus puertas a todos los que enganchaban con la Noche de Brujas. El productor de las fiestas del local, Ariel Núñez, dice que era una alternativa a la moda imperante: “Ya no existían espacios como el Galpón de Matucana, donde se hacían fiestas New Wave o Spandex, y faltaba un ambiente para la contracultura popular. La Blondie lo vino a dar”, explica. Como a la discoteque iban góticos y otros grupos similares, “celebrar Halloween era un paso natural”, explica Ariel. “Más que usar un disfraz, la gente en esa época llevaba la ropa dark de todos los días, pero un dark más de etiqueta”.

La discoteque, por esas noches, era ambientada con gárgolas y ataúdes que les arrendaban funerarias. Además, se exhibían películas de terror, como Drácula, y se hacía una degustación de vino. “Con el tiempo empezó a llegar más gente, y se nos hizo chica. Por eso en 2000 llevamos la fiesta afuera”, recuerda Ariel.

El Castillo Hidalgo, del cerro Santa Lucía, fue el primer paradero de los vampiros en víspera del Día de Todos los Santos. “Acudieron más de 5.000 personas y la capacidad era para 3.000. Tuvimos que cerrar las puertas a las dos de la mañana”, dice Ariel. Buscando un terreno aún más grande, dieron con el Club Hípico. Y desde 2001, no han parado de hacer fiestas ahí. Este lunes 31, de hecho, su Noche de Brujas comienza a las 11 PM.

“Hoy es raro que un local no tenga su fiesta especial”, dice César Verdugo, encargado de marketing en Las Urracas, de Vitacura. Ahí, hace cinco años que se celebra Halloween, y lo normal -según explica- es que la gente llegue disfrazada.

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