After hours: la fiesta que comienza a las cinco de la madrugada

Las fiestas no terminan a la hora que los locales cierran las puertas. En la movida santiaguina la actividad se prolonga incluso hasta el próximo día…

“Chicos, todavía no. Vayan a esperar a la bomba”, dice tajante el hombre parado en una esquina de Bellavista. Está solo y su ropa no lo hace ver como guardia de un after hour, del que está de moda hoy en Santiago. Debajo de la capucha de su polerón se alcanza a ver un auricular por donde escucha las voces de sus colegas, que hacen lo mismo que él algunos metros más allá o dentro del local. Intercambia un par de palabras con ellos a través de su radio, mira a los seis asistentes que a las cuatro de la mañana esperan seguir la fiesta en este lugar de Bellavista e insiste: “Por favor, a la bomba”.

Todos obedecen. Las chicas rubias en minifalda y tacones, y los chicos enfundados en camisa de cuello blanco y asfixiados por poleras ajustadas. Vienen de alguna fiesta y se quedan aguardando de pie detrás de un muro de la gasolinera, fumando y bebiendo una cerveza.

Hasta ahí llegan los primeros autos, un Mercedes-Benz y un VW, cuyos pasajeros saludan a los que esperan cerca del after, como si fueran grandes amigos. “No te asomes. Están los pacos”, les dicen a los recién llegados.

Hace algunos meses abrió el nuevo after hour que está dando que hablar en la capital. Un secreto a voces que corre entre un selecto grupo de personas, habitués de la noche y de las fiestas electrónicas. Reciben invitaciones por mensajes de texto, enviadas por los mismos dueños del after, o a través de redes sociales.

Hace unos 10 años que este tipo de clandestinos empezaron a funcionar en la ciudad. No están autorizados por una sencilla razón: no tienen ningún tipo de patentes. Parten una vez que cierran las discotheques, los miércoles y jueves a las cuatro de la mañana, y los viernes y sábados, a las cinco.

“Los buenos se cuentan con los dedos de una mano y, a ciencia cierta, nadie sabe bien cuántos hay”, explica un productor de fiestas. Según él, abren y cierran, porque se hacen conocidos y terminan por ser identificados por la policía. Pero se cambian dentro de Bellavista, porque ahí todos pueden llegar caminando.

El after más nuevo, al que todos quieren ir, el que pocos aún conocen, sería el flamante club que debutaría en las páginas sociales de los diarios si no fuera porque abre furtivamente. Un trabajador del lugar asegura: “Está muy bien organizado. Por eso, desde que abrió en julio, ha mantenido un bajo perfil”.

El hombre parado en una esquina con capucha, que pidió a los asistentes trasladarse a la bomba de bencina, es uno de los tres o cuatro guardias apostados en distintos puntos de las manzanas que rodean el recinto. “Si se acerca un auto y se quiere estacionar frente a la puerta, lo detienen y le piden avanzar un par de cuadras más y estacionarse lejos. Ahí hay otro guardia con radio, que se encarga de armar grupos de 10 ó 15 personas, para que vayan todos juntos a la entrada y no se formen filas en la puerta”, dice.

Cuando no está la policía y suena la radio, el guardia da luz verde. Eso significa correr hasta un gran portón negro, sin señas, letreros ni luces de neón. Una casa cualquiera, pero que al interior es otra cosa. Ahí aguarda una mujer, veinteañera. “Es la relacionadora pública y la encargada de administrar el acceso. Si no estás en la lista, tienes que pagar $ 10.000. Con ese precio se aseguran de filtrar al público”, explica.

La discotheque para trasnochados tiene sillones nuevos, y la luz negra que choca contra los muros y las telas blancas tiñe el espacio de un tono violeta. A medida que se avanza, la iluminación se vuelve más tenue hasta llegar a la pista de baile. La idea es llegar, tomarse un trago y seguir el ritmo de la música. Ahí está también la cabina del DJ. “Tiene sillones para que ellos reciban a sus amigos”, cuenta.

“Los asistentes son adultos jóvenes, profesionales y estudiantes de clase alta, fanáticos de la electrónica”, explica un asiduo a estas fiestas. Y va más allá: “Desde que hace un año cerró Domínica, el primer after hour y el más importante de Santiago, que no había algo similar”, cuenta.

Pero esa noche no fue posible entrar. Las balizas del auto de policías no se movieron del lugar y los guardias se las ingeniaron para avisar que la fiesta se cancelaba.

A comienzos de la década del 2000 abrió Domínica, en el número 54 de esa calle, a pasos del cerro San Cristóbal. “Era la época del boom electrónico. Después de ir a la Oz, a La Feria o el Tantra, la gente se iba a Domínica”, cuenta un DJ que trabajó en ese sitio.

Al tocar el timbre se abría una mirilla en la puerta y dos ojos inspeccionaban a los interesados en ingresar. “Costaba $ 7.000 y, como era algo nuevo en Santiago, todo el mundo quería ir. Llegaban modelos, diseñadores, actores y empresarios, de todo. Pero también te topabas con prostitutas, ‘ratis’ y dealers. Entonces había mucho éxtasis”, asegura el DJ.

Ahí tocaban los más famosos, no sólo de Chile, sino también del mundo. “Desde Ricardo Villalobos, Siddharta o Luciano, hasta Nick Taylor o Nick Warren. Una vez, cuando estuvo de visita en Chile, Boy George pinchó un rato”, agrega.

El lugar estaba lleno de recovecos, pasillos, habitaciones y terrazas. “Era iluminado, excepto por la pista de baile, que estaba en un sótano”, cuenta Felipe, quien fue un par de veces. Había bandejas con brochetas de frutas y se podía pedir consomé para reponer fuerzas y llegar sin problemas hasta las 12 del día e, incluso, hasta más tarde.

Para él, lo mejor era la atmósfera: “Eran adultos que querían pasarlo bien, algo muy familiar”. Pero con el tiempo se hizo más conocido. “Salió en los noticiarios y ligado al mundo de las drogas. Siempre llegaba la policía y dejaron de vender alcohol en vasos. Lo hacían en botellas de agua mineral rellenas con vodka, que costaban $ 5.000”, cuenta.

También, el público cautivo y amante de la electrónica dejó de ir. “Nadie quería verse involucrado con algo ilegal. Decayó y se llenó de prostitutas”, dice. En 2010 se realizaron los últimos carretes en Domínica.

A mediados de la década habían comenzado a surgir nuevos afters. “Eran en casonas oscuras de Bellavista. Montaban una barra, un par de luces y listo. Era común que cambiaran de lugar, porque al rato los descubrían. Sólo hubo un par que lograron durar”, cuenta esta fuente.

Hay grupos de santiaguinos que, en cambio, viven esta experiencia a puertas cerradas. Es un mundo privado, el del after en casa. Por ejemplo, una vez cada mes y medio, la morada de un empresario en las afueras de Santiago recibe entre 40 y 60 personas que quieren continuar el carrete después de las 5.30 a.m.

Les avisa una hora antes. A las seis, la fiesta se desata. Previamente, el anfitrión ha dejado todo listo: quien pone la música y mozos encargados de repartir consomé y minilomitos. Y al mediodía hay un brunch -mezcla de desayuno y almuerzo- con jugos naturales, panes de diferentes tipos, quesos, omelettes y panqueques.

El dueño de casa no deja cabos sueltos. La nutrida barra abierta es abundante en vodka con bebidas energéticas y cervezas, los tragos preferidos por los asistentes. “La mayoría llega bien arriba de la pelota. Yo no, porque me interesa ser un buen anfitrión”, dice. Y aunque no le consta, no descarta que algunos recurran a la cocaína o a otras drogas para seguir despiertos.

El baile es en los jardines de la casona, “para que no quede tanto despelote”. Pero en invierno se hace en una terraza techada, con estufas. También se puede usar la piscina, que está temperada con paneles solares. “Terminamos comiendo y hablando alrededor de los mesones y, como a las 12.30, se van todos y yo me acuesto a dormir”, dice.

Hay otros que prefieren seguir más tiempo despiertos. Hasta hace un par de años, en una casona de La Reina Alta, un grupo de amigos iniciaba sus juergas el sábado por la madrugada para culminar recién el domingo en la tarde. “Nos gustaba el after del after, o sea, el reafter”, dice uno de ellos.

Según él, en este grupo se juntaron “los más carreteros de Santiago”, gente que se conoció en las fiestas electrónicas, iban juntos a Domínica y se hicieron amigos hasta hoy. “Hasta hace un par de años, eran casi todos los fines de semana. Pero desaparecieron las pastillas y terminaron”, cuenta.

La casa, ubicada en el sector alto de la ciudad, tenía un gran salón acondicionado como una discotheque. A las seis de la mañana se cerraban las persianas eléctricas y las ventanas de doble panel impedían que los vecinos escucharan la música. Había luces especiales, una barra, una mesa con el computador y una repisa con discos en la pared. “Eramos 30 personas compartiendo todo: si alguien tomaba éxtasis, todos lo hacían”.

Adentro estaba prohibido fumar y casi nadie tomaba alcohol. “Sólo lo hacían los que consumían cocaína, sólo un par”, explica una fuente. El resto de la gente, según él, lo pasaba bien. A eso de las tres de la tarde, quizás un poco antes, abrían las persianas y pedían pizzas para no flaquear a medio camino. Otros continuaban con el cóctel de químicos. Al caer la noche, si había ánimo, se bajaban las persianas y se subía el volumen. Fiesta de nuevo. Hasta el día siguiente. Y en la mañana también.

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