Sonidos del futuro, casonas del pasado

[Oasis electronicos] En edificios y casas antiguas se realizan fiestas electrónicas, eventos con música de vanguardia que reviven el patrimonio arquitectónico de la ciudad.

Que la casa de la familia Balmaceda antes que José Manuel se ciñera la banda presidencial. Tiene tres pisos, está en calle Morandé a pasos del ex Congreso Nacional, data de 1860 y fue refaccionada conservando sus pilares y ladrillos originales. En ella funciona un restaurante, pero los fines de semana es sede de fiestas que congregan hasta 500 personas en sus salones. La mayor parte son seguidores de la música electrónica, jóvenes de 25 a 35 años de edad. “Tenemos eventos todas las semanas. Estamos de moda y queremos aprovechar este momento”, dice Enrique Tapia, administrador del local.

Lemon Lab es uno de los colectivo que ocupan la casona. Desde hace cinco años organizan fiestas itinerantes en edificios céntricos con Dj de la escena local. “La gente busca bailar en lugares reciclados, en casas antiguas que nadie sabe muy bien dónde quedan”, señala Javier Fernández, uno de los socios de la productora.

Esta empresa ha usado lugares como el Teatro Huemul(1) del barrio Franklin(1), los juegos Diana y el Teatro Cariola, en calle San Diego, y recientemente un palacete de comienzos del siglo XX en Avenida Santos Dumont, frente al Cerro Blanco, en pleno Recoleta. Tienen hasta dos fiestas por semana, pero no son una productora de perfil masivo. Dicen llegar a un público exclusivo, por lo que una de sus reglas es que la locación escogida quede cerca de la Costanera Norte, para facilitar el transporte en auto de los asistentes.

Pablo Courard es director ejecutivo de Alta, otra las productoras que comenzaron a hacer este tipo de fiestas. Dice que hoy son decenas las empresas que hacen lo mismo por lo que, si bien suelen utilizar espacios como el Palacio Cousiño o el Palacio Concha, en calle Concha y Toro, han sofisticado aún más sus locaciones. Hoy, llevan fiestas a casas particulares o recrean playas en azoteas del centro.

Uno de los edificios patrimoniales que se sumaron a este circuito itinerante es el Club de la Unión(1), donde se han efectuado cinco fiestas en lo que va de 2012 y tienen agendadas cinco más.

“La idea es abrir el Club a la juventud, pero manteniendo la exclusividad. Por eso hay que asistir vestido con cierto nivel de producción, la idea es tener un público homogéneo, que es lo que les da un valor agregado a las fiestas”, señalan desde la gerencia comercial del Club.

Si bien los organizadores citan como referentes las ocupaciones de castillos o viejos teatros en Barcelona, Berlín o Nueva York, la prehistoria local bien pueden ser las fiestas de principios de los 90, como Spandex, en el Teatro Esmeralda, de San Diego. “Hice muchos eventos en casas patrimoniales de Dieciocho, Concha y Toro o Riquelme, en clubes sociales que los arrendaban muy barato”, rememora Pablo Courard. En todos los casos la idea era la misma: sitios “exóticos” y Dj.

La primera fiesta que Felipe Cifras organizó con el rótulo de Beats Collective estuvo a punto de suspenderse. El dueño del local de Bellavista donde iba a realizarse, lo arrendó un día antes de la cita para otro evento. Rápidamente se consiguió una casa desocupada justo al frente. “Ahí me di cuenta de que daba lo mismo el lugar, importaban los Dj y la línea editorial de la fiesta”. A diferencia de otros eventos, en los suyos suena una electrónica menos comercial y no arrienda palacios antiguos, sino que consigue casonas semiabandonadas y comparte ganancias con sus ocupantes. Así ha pasado por galpones, fábricas y hasta garajes. En la actualidad ocupa una casona de tres pisos en calle Loreto para sus fiestas bautizadas “Por Debajo”. “Se llaman así porque tocan bandas y Dj que están fuera del mainstream. Y también porque hemos hecho varias en subterráneos”.

Un camino similar recorrieron la fiestas Cielito Lindo, que comenzaron en 2010 en el Sportsmen Club, un antiguo gimnasio y bar para caballeros en el piso 12 de un edificio de calle Estado. De ahí derivó al Garaje Bizarro, una casona de adobe de calle Copiapó y al Club Social Juan Ramsey, en San Camilo. “Después que llegábamos a un lugar, todos querían hacer sus fiestas ahí, hasta que reventaron los lugares; los llenaron todas las semanas y estropearon el mobiliario”, señala Miklos Tercero, su organizador. Hoy, las realiza con todas las de la ley en un restaurante del barrio Italia.

El público sigue fielmente estas fiestas en lugares poco convencionales y que se promocionan por Facebook. “A nuestro público le gusta descubrir la ciudad”, señala Felipe Cifras. “Como Santiago Centro está siendo derribado para levantar edificios nuevos, las fiestas son una oportunidad de conocer esta ciudad que va desapareciendo”.

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