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18 agosto, 2013

Rodrigo Jordan y Claudio Lucero: Vivir de la montaña

Este artículo fue publicado en la revista Empresa y Poder. Una entrevista que queríamos compartir con ustedes.
A continuación la transcripción literal. Disfrútenlo.

Empresas y Poder

Escrito el 16 agosto, 2013 por Equipo E&P en Personajes
Por: Claudia Alamo / Fotos: Bárbara San Martín

No es sólo la barba, el grosor de su piel, o los surcos que el viento ha hecho en su cara, lo que hace que Claudio Lucero sea un personaje, un mito de la montaña. Su vozarrón de viejo sabio, lo buen contador de historias que es, una forma tan libre de vivir la vida que no tranza por nada, pero sobre todo su maestría para ir preparando generaciones de jóvenes en esta disciplina, lo que lo ha puesto en la categoría de leyenda.

Artículo EyP 16.08.13

Rodrigo Jordan es su elegido, aunque jamás Lucero se lo dirá a la cara. “Era un tipo talentoso. Y eso siempre me gustó. Entendió la filosofía que hay en el montañismo”. Jordan tenía recién 18 años y llegó a la Universidad Católica a estudiar Ingeniería y entró al curso que dictaba Lucero como una actividad aparte de la carrera. Quería subir cerros. Era un joven inquieto. “Un animal bien alimentado”, comentaría el maestro durante esta entrevista.

La primera vez que Jordan subió con él, intentó congraciarse. Subió rápido, como para demostrarle sus buenos dotes al famoso Lucero. Pero arriba, no se encontró con una sonrisa. “Baja a buscar a tu compañero que viene cansado; ayúdalo con la mochila. Esto es en equipo. No sirve si es por interés personal”, le advirtió.

No sería ni la primera vez, tampoco la última, que Lucero le pediría a Jordan que aplacara su ímpetu y que aprendiera con esfuerzo el sentido del montañismo que él imparte. Tampoco Lucero habría pensado entonces que años más tarde, en la primera ascensión chilena que logró cumbre en el Everest –el punto más alto del planeta–, Jordan lo miraría a los ojos y le diría: “Tú no vas a la cumbre. Tienes 60 años. Nosotros tenemos 30. Aquí lo que importa es llegar a la cumbre”. Era mayo de 1992. El viejo guardo silencio; un silencio breve. “Espero que esta decisión sea la mejor”, les respondió. Cuenta que en ese momento pensó: “Si estos cabros llegan a la cumbre, alguien tiene que estar aquí para ayudarlos a salir”.

Entonces, quebró el silencio y les dijo: “Su obligación es llegar a la cumbre. Mi deber es sacarlos con vida”. Lo que no se contó, porque no era la noticia principal, es que esa frase fue clave. Sacarlos de ahí era urgente. Las cuerdas se habían sepultado bajo la nieve y había información de que venían los monzones. “Estaba empezando la noche –relata Jordan– cuando llegamos al campamento. Veníamos agotados después de la cumbre. Teníamos 30 horas en el cuerpo… Sólo pensábamos en echarnos un rato. Y mientras caminaba, gritaba: ‘¡Lucero! ¡Lucero!’. Yo sabía que en el momento en que me encontrará con él, podía entregarlo todo. Cuando lo vi, pude llorar. Nos abrazamos. Y, nos dice: ‘Tomen un té que nos vamos de aquí’. Y nos amarró a una cuerda y partimos… Fueron 40 o 50 horas seguidas de trabajo. Cuando finalmente llegamos, se vino la tormenta. Si no nos baja, no salimos de ahí”.

Fue ahí que la escuela de Lucero se puso a prueba. Y ellos no se han separado más. “Esas son las cosas que le dan sentido a la vida”, comenta el maestro mientras juega con el humo de su pipa.

El desapego al triunfo personal. Hacer las cosas bien. Hacerte responsable de lo que haces y consciente de lo que eso implica para otro. Vivir el triunfo como una hilera de esfuerzos colectivos. Frases como “las explicaciones son de incapaces” o “no hay errores del destino. Los errores son humanos” explican, en parte, lo que ellos llaman el montañismo como filosofía de vida.

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Lucero y Jordan se tratan como los viejos amigos que son. No hay condescendencia entre ellos. Sí admiración, cariño profundo, pero nada de afectos excesivos. Si le preguntan: Lucero, ¿Jordan fue su elegido? El responde: “Era un alumno muy interesado, hasta molestoso diría… A cualquier profesor le gusta tener alumnos que quieran aprender”. Y Jordan, que perdió a sus padres en un accidente cuando tenía poco más de 20 años, no pone en Lucero la imagen paterna. “Lucero fue mi maestro. Soy lo que soy porque él me enseñó a vivir esta vida. El y mis papás. Ellos son las tres personas que de verdad influyeron en lo que soy hoy”, dice en tono cariñoso, pero no meloso. “Todo lo que sé de la montaña lo he aprendido de él. Y eso lo he aplicado a mi vida. No sé si hoy día en Chile hay dos tipos que hayan hecho de la montaña todo su sentido de vida”, dice Jordan.

–Muchos dicen que los montañistas son tipos extraños, medios locos. ¿Qué dicen ustedes?

Lucero:: –¡¿Y quién es cuerdo?! ¿Y qué significa ser loco? ¿Acaso ser candidato a Presidente no es una locura? Todo hombre que luche por algo y que se entrega por entero, es poco normal.

Jordan: –De que hay una cosa media rara, una teja un poco corrida, la hay. No lo puedo negar. Muchas veces estás metido en una tormenta y dices: “Nunca más hago esta estupidez. Sin embargo, no alcanzas a salir de ahí y ya estás pensando en tu próxima expedición”.

–¿Hay algo místico en el montañismo?

–Muchas veces me han preguntado si cuando estoy allá arriba me siento más cerca de Dios. Y yo digo que si los creyentes consideran que Dios está en todas partes, para qué tendría que ir hasta allá. No. Yo no voy a la montaña para estar cerca de un dios. Es una meta que uno se pone. Las montañas están ahí. Subirlas es un desafío. Subirlas es mi libertad. El montañismo es la única actividad humana que el hombre hace en absoluta y completa libertad. En todas las demás, estás controlado. En el trabajo para qué decir. En los deportes, hay jueces de partida, jueces de llegada. Pitos, colores, reflejos condicionados. En la montaña nada es así.

–A lo mejor, la montaña te conecta con algo más primitivo.

Jordan: –Lucero tiene una escuela, una forma de pensar el montañismo que no es competitivo; no busca el logro máximo. Hay una mirada arraigada en los valores humanos más básicos. Tiene que ver con la empatía, con la lealtad, con la excelencia en el hacer. Como en esto te juegas la vida muchas veces, el sacarse la mugre entrenando para tener buena condición física, hacer las cosas con excelencia, tener buenos conocimientos técnicos, son un deber. Una vez, en uno de los primeros campamentos, tuve la mala idea de decir: “Pucha que hace frío”. Lucero me quedó mirando y me dijo. “Usted no sirve para esto porque es huevón. ¿Trajo parka? No me vengas con que no tienes recursos. Y si no tienes, te consigues una. La montaña no es misericordiosa con los más pobres o los débiles. Así que póngase la parka y no diga más. El frío es sicológico”. Lo mismo nos hizo ver con el tema del agua. “El agua es personal. Cuídese usted, porque en la medida que usted está bien, entonces está disponible para el resto. Si usted no se cuida, va a ser una carga para todos nosotros”. Ahí hay toda una aproximación de cómo se hacen las cosas en la vida.

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“Un viejo jodido”

–¿Tienen una relación de mentor-discípulo? ¿Algo así como padre e hijo?

Jordan: –Aquí hay una cosa más profunda. Lucero es un viejo muy jodido. Es muy exigente. No te deja pasar ni una. Dormir en carpa con él es una joda porque es neurótico del orden. El pañuelito tiene que estar bien doblado, las ollas limpias… Muy poca gente ha querido ser “cordada” de Lucero –o sea, ir juntos en una expedición–. Lucero es mañoso. Bueno, yo fui su cordada por 15 años seguidos. Me las mamé todas, y aprendí todo también.

–Por algo te habrás bancado todas sus mañas…

–Porque siempre pensé que tenía mucho que aprender de este caballero. Sentía que me estaban regalando la oportunidad de aprender de un sabio. Por eso lo llevé a mi casa. Quería que mis papás lo conocieran porque para mí era un maestro. Y uno no tiene tantas oportunidades en la vida actual de tener un maestro…

–Lucero, ¿has sido severo con Jordan o más bien protector?

–No, no. Protector jamás. La protección es mala. Las mamás protegen demasiado a los niños y no les enseñan dónde está el peligro. Aquí hay que enseñar bien las cosas y ellos tienen que aprender a hacerlas bien. Rodrigo me ha criticado algunas veces…

Jordan: –Es que es más fuerte que eso. Lucero tiene, y tuvo, hijos con algunas discapacidades. Uno de ellos tenía una sordera severa. Y cuando salíamos, siempre había uno de nosotros parado a su lado para que si alguien gritaba alguna instrucción, nosotros se la transmitíamos. Lucero nos decía: “¡Déjenlo solo! Esa es su condición y tiene que aprender a vivir con eso”. Sé que suena duro. Pero así nos preparó.

Lucero: –Y hoy mi hijo es geólogo y trabaja explorando minerales en los cerros.

–¿Y son tan duros y aguerridos como se ven?

Lucero: –No. No somos tan duros. Cuando perdí un compañero de montaña, por un accidente, estaba solo. Ahí pude llorar. Cuando murió mi hijo, rodeado de gente, no lloré… Uno tiene que aguantárselas cuando está entre la gente. Pero cuando perdí a mi compañero, Víctor Hugo Trujillo, tuve la suerte de estar solo y pude aullar como animal herido. Me dolió mucho. Sufrí mucho con la muerte de ese muchacho… Consideré que era tan injusta la vida. Y me pregunté y me cuestioné dónde estaba Dios…

“Luego, perdí un hijo de 10 años. Un niño lleno de vida que me acompaña a todo. A veces Rodrigo lo aseguraba cuando íbamos escalando y me decía: ‘Pucha, Lucero, la media responsabilidad que me das’. Y resulta que mi hijo murió en un cumpleaños infantil. Se le cayó un pilar encima. Lo de mi hijo me marcó mucho… Porque todos sabemos qué día nos parieron, pero no sabemos cuándo vamos a morir. Por lo tanto, la vida se vive intensamente cada día. Y eso es lo que he hecho”.

–¿Cómo recomiendas vivir, Claudio Lucero?

–La vida no puede vivirse como algo plano. ¿Cuántos hombres son como ese buey al que todos los días lo sacan del establo y lo llevan al arado? En la tarde, viene del arado al establo. Esa es su vida. Pero un día cualquiera le cambian la rutina, y lo sacan del establo al matadero. ¿Cuántos hombres corren de su casa al trabajo y viceversa? A lo más ven las noticias en la noche y el domingo lavan el auto. Y así pasa un año, y otro… Y de repente miran hacia atrás y no hay nada. Como aquel pobre desgraciado que escribió: Si volviera a nacer comería más helados, jugaría más, subiría montañas. ¡Por favor! Qué triste es llegar a los 80 años y darte cuenta de que no has vivido. Que nadie te removió. Que nunca viste un amanecer o morías de frío en un temporal. ¡Eso no es vivir! La vida es lo que tú construyes día a día.

–¿Vivir intensamente también tiene costos, no?

Jordan: –Lucero siempre te dice cosas duras. Es su modo de enseñarte: “Toma tu vida y hazte cargo”. Por eso, a él no le gustan los sueños. Nos decía: “No sueñen. Póngase desafíos”.

–Para ti, Claudio Lucero, ¿los sueños son una manera de evadir?

–Soñar es ponerse a imaginar cosas. La gente vive frustrada porque no logra hacer lo que quiere. Se quedan en los sueños. No en proponerse metas y cumplirlas. Muchas veces me encuentro con gente que me dice: “Me gustaría tanto ir a la montaña”. Y yo les digo: “¡Vamos!”. ¿Y qué me responden? No puedo. No tengo equipo. “Pero yo te presto equipo”, les insisto. Y me replican: “Es que no tengo tiempo”. Hasta ahí no más llegamos. Les digo claramente: “Entonces, no sea huevón. Usted no quiere ir. Porque querer es una honesta y honrada disposición de ánimo”.

–Vivimos en una sociedad con otros paradigmas; con otros objetivos. ¿Cómo calzan esa filosofía de montaña en la vida diaria?

Lucero: –Es que la gente actúa como la programan. El otro día estaba en la playa con mi hija. Me senté a mirar a una parejita que estaba tomada de la mano. Cada uno estaba chateando por el celular. O sea, estaban físicamente unidos, pero distantes emocionalmente. Nos han programado cómo vestirnos, cómo ser exteriormente y también nuestra parte interior. Dime: ¿Tú crees en Dios?

–Sí…

Lucero: –Te lo programaron.

–¿Y no puede ser simplemente eso que llaman “tener el don de la fe”?

Lucero: –Es que también te programan eso así como te han programado todo. El amor, por ejemplo, es programado. ¿O tú crees que el perro ama a la perra? No. La necesita. En las personas pasa lo mismo.

–Pero Lucero, ¿nunca te has enamorado?

–A lo mejor, pero más bien creo que uno necesita una hembra. Es parte de la vida. El amor se cultiva. Los hombres buscan una hembra, se aparean y cuidan de sus hijos. Eso es atávico. Es de la época de las cavernas.

–O sea, ¿tu objetivo es llegar a la máxima libertad posible?

–Pero lógico.

–…Porque, a tu juicio, el amor condiciona.

–¡Pero claro que sí! Lo que pasa es que a nosotros nunca nos enseñaron a resolver conflictos. Entonces, se junta una pareja, porque son animales y se necesitan, pero al primer problema se separan. Y hay otros que siguen juntos fueron capaces de resolver sus conflictos.

–¿Y tú, Rodrigo, ¿crees lo mismo?

–No. Yo llevo 28 años casado. Creo que sí existe el amor, pero el amor es producto de un trabajo, de una construcción común que te une porque sabes que son compañeros de un mismo viaje.

Y ahí Lucero añade: “¿Y eso es amor o es simbiosis?”

Rodrigo Jordan ríe. Se han reído a carcajadas en varios momentos de esta entrevista. Lo mira brevemente. Y dice: “Hay algo que los dos tenemos y que, por supuesto, yo se lo copié. Contrariamente a lo que todo el mundo dice, Claudio no sube las montañas por él, sino que por los demás. Lucero te regala la oportunidad de vivir una experiencia potente, transformacional. Y, en el fondo, te regala un tesoro que tiene que ver con cómo vivir tu vida: a concho y haciendo tu mejor esfuerzo. Al final, se trata de hacerte cargo y no vivir la vida como si fuera un devenir”.

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